
ARGUMENTO: Un profesor de Lengua de un colegio periférico de París trata de impartir sus lecciones a unos alumnos adolescentes que no muestran interés por aprender y que serán el foco de varios conflictos que se producirán a lo largo del curso.
CRÍTICA: En una de las escenas de esta película de Laurent Cantet, el profesor trata de explicarles a sus alumnos el correcto uso del subjuntivo. Tras varios intentos fallidos, una de las alumnas le dice al profesor que nadie utiliza el subjuntivo, por lo que ni siquiera merece la pena aprenderlo; a lo que el educador responde “Primero aprended a dominarlo y luago podréis cuestionar su utilidad”.
“La clase” es una conjugación de dos narrativas diferentes: el documental y la ficción. Aunque el director manifestó que deseaba alejarse del profesor paternal (como en “El club de los poetas muertos” o “Mentes peligrosas”), el espectador no puede evitar identificar al protagonista con ese estereotipo.
La película tiene grandes gotas de ficcionalización que “manchan” el estilo documentalista que se pretende. Por la sencilla razón de que la realidad absoluta no puede constituirse de forma arbitraria, sino selectiva. Si lo que se busca es crear una imagen que represente una serie de conclusiones sobre la realidad, hay que escoger aquellos retazos que al unirse señalen hacia ellas. Pero Cantet no sólo pretende hacer un juicio, también se ve en la tesitura de entretener, ya que la acción se desarrolla principalmente en un solo espacio y es necesario dotar de interés a la trama para no marchitar la capacidad de atención del público.
Después de observar estas cuestiones, es fácil caer en la cuenta de que Laurent Cantet se ha quedado a mitad de camino entre un filme documental y uno de ficción. Ello provoca un conflicto de diferentes expectativas que se van alternando según se suceden las situaciones, de modo que lo que en un principio parece obedecer al azar va, en realidad, siguiendo un hilo, el cual se rompe de súbito para dar lugar a otro. Por tanto, podríamos decir que se trata de un documental “engolosinado”, pero también que se trata de una ficción “insípida”. Todo depende de las expectativas de cada espectador.
Al margen de cuestiones de estilo, en “La clase” se producen más conjugaciones. La primera de ellas une a un profesor (François Bégaudeau) deseoso de enseñar a unos alumnos mayoritariamente reacios a aprender. No es casualidad que éste imparta la asignatura de Lengua, poque “La clase” es una batalla librada con palabras. El duelo entre los dos bandos es bastante equilibrado. La soledad del profesor se compensa con su experiencia, conocimientos, un extenso vocabulario y el respeto que (supuestamente) le deben los alumnos. Éstos son más numerosos, pero nada hábiles en el uso de la retórica. Así pues, las palabras son el método de lucha y el origen de los conflictos que se suceden (faltas de respeto, insultos, ejercicios simbólicos etc.), así como también el vehículo de las soluciones. El juego que en ocasiones se hace con ellas nos revela ese “deseo” de la trama por convertirse en ficción.
También hay otra conjugación: la social. Los alumnos son todos muy variados, en cuanto a carácter, vestimenta, nacionalidad y raza. Esta realidad esta hecha a propósito para mostrar la confluencia cultural que tiene lugar en Francia y la universalización de las actitudes humanas, que no distinguen los colores de la piel, ni entienden de fronteras o aspectos económicos. Una vez más, la realidad se adecua a las peticiones de la ficción.
Por tanto, “La clase” ofrece un retrato pesimista, pero a la vez comprometido con esa situación, pero su carácter de pseudo-documental le abstiene de aportar soluciones. Algo que se esperaba debido a las pequeñas gotas de ficción que bañan el relato.
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