
Un nuevo rayo de esperanza ha iluminado los oscuros senderos del cine europeo. Este pequeño resplandor proviene de un país que últimamente había sido ninguneado en lo que a cuestiones cinematográficas se refiere: Italia. Dos películas han bastado para que el cine italiano se reafirmara en la crítica internacional: “Gomorra” e “Il Divo”, unas obras maestras que surgen de las cenizas provenientes de una sociedad quemada por la corrupción del ente conocido como “La Mafia” (o “Camorra”, en el caso de Nápoles).
“Il Divo” es una sátira política que retrata a Giulio Andreotti, tres veces Primer Ministro de Italia y acusado en numerosas ocasiones de estar relacionado con “La Mafia” y con algunos de sus asesinatos. No obstante, salió indemne de todas ellas por falta de pruebas. Pero lo que en un principio parece que va a convertirse en una simple burla de la corrupción en Italia, desenlaza en una afiladísima reflexión sobre la política que convierte a esta película en una de las obras maestras del año. Como si de un artista de la época romana se tratara, Paolo Sorrentino esculpe con suma agudeza el busto de este animal político que fue Andreotti, cuya efigie encorvada e irónicamente parecida a la de un “nosferatu” se mantiene impasible ante el aluvión de ataques que sufre por parte de la prensa y sus colegas.
Ese inmovilismo que mantiene durante toda la película (quizá una hábil metáfora de su estilo político) convierte a este personaje en un indescifrable enigma. Durante todo el largometraje, el espectador es incapaz de saber si realmente es el culpable de los hechos de los que se le acusaron o es absolutamente inocente. Esta pregunta no deja de flotar en el aire a la espera de encontrar una respuesta en algún descuido del protagonista. Sin embargo, éste no llega, y es precisamente la perfección y el cuidado que Andreotti pone en cada uno de sus gestos lo que nos lleva a desconfiar de la opinión pública que le asedia: o bien nos encontramos ante un honrado ser humano o bien ante un mago de la mentira y el engaño.
Cualquiera de los casos desemboca en el mismo mar: la grandeza. Andreotti es retratado como un maestro de la política, que dice haber renunciado a su vida para evitar la muerte: “todos los que decían que iba a morir están muertos y yo sigo vivo”. A través de esta terrible frase, Andreotti nos revela desde el inicio donde se encuentra su lugar: en la ironía. La ironía es el punto medio de una balanza en la que igualmente se pesan tanto la verdad y la mentira; como la vida y la muerte. Dicha balanza es la política, y Andreotti, bajo su rasgo inmóvil, crea un escudo sustentado en la ambigüedad que le permite seguir vivo en mitad de dicha balanza mientras el resto de sus colegas son víctimas del efímero destino reservado de los políticos.
Así pues, “Il Divo”, no es sólo una hábil metáfora de lo que es la política en sí, sino también un retrato de cómo debe ejercer un verdadero político: un ser casi deshumanizado, constante, muy elocuente y carente de pasión alguna. El verdadero político pues, no tiene semejanza alguna con los que gobierna, es un ermitaño que se mantiene alejado de los ojos y los oídos que atienden a sus mandatos, pero que también buscan sus defectos y le despistan de su verdadero cometido de proteger el engranaje su territorio. Como bien dice Andreotti en la película “La ironía es la única forma de vida” Y así es: sólo el que permanece al margen de la sociedad puede mantenerse en su cúspide.
Fuera o no fuera así en la realidad, el personaje de Andreotti es pura maestría de poder, y su habilidad para conservar su postura impasible ante la movilización del resto deja tras de sí la curiosa conclusión de que dicho inmovilismo es pura coherencia. Al final, no importa si cometió o no los crímenes de los que se le acusa, sino la grandeza del personaje para mantener el enigma. Y esto no deja de ser irónico.
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