
Corren malos tiempos para Hollywood. La creciente retirada de numerosos guionistas al terreno televisivo, ha dejado a los estudios vacíos de ideas. Este éxodo, los avances tecnológicos y la crisis económica han provocado lo que podríamos llamar la “concentración de talentos”. Este término significa que ciertos oficios se reunen en uno solo. Los ejemplos de este tipo son los actores-directores Clint Eastwood, Tommy Lee Jones, Sean Penn o, en este caso, Ed Harris, o los guionistas-directores Paul Haggis, Frank Miller o J.J. Abrahams.
Este fenómeno tiene como consecuencia que esos talentos sean también productores. En el caso de Harris e Eastwood podríamos llamarlos productores-directores-guionistas-actores. Obviamente, esta unificación permite un ahorro económico muy importante. Y si el responsable posee cierto tirón comercial, es raro que algún estudio desaproveche esa oportunidad. Además, los avances tecnológicos, la abundante experiencia de todo el equipo técnico y los más de cien años de narrativa cinematográfica que nos contemplan hacen que cualquiera con un mínimo de experiencia esté capacitado para ponerse detrás de las cámaras (no sería extraño que de pronto apareciera una película de Tom Cruise o Nicole Kidman).
Hago esta pequeña reflexión para explicar el contexto en el que surgió Appaloosa. Ed Harris no es un director de oficio, por lo que su experiencia a la hora de dirigir está formada por la imitación más que por la creación. La consecuencia de toda esta fórmula es que sus obras no pueden ser otra cosa que películas de corte tradicional.
¿Y qué mejor manera de contar una historia clásica que un western? En los años cincuenta, este género se encontraba en su edad de oro; de tal manera que el número de películas ambientadas en los áridos desiertos californianos de finales del siglo XIX era pantagruélico. Recurrir a un género nunca es una mala idea, sobre todo para los que empiezan, como Harris. Clint Eastwood lo hizo con “Sin Perdón” y recientemente se estrenó en nuestro país la muy recomendable “El tren de las 3:10” (James Mangold), un remake de su homónima de 1957.
“Appaloosa” pretendía seguir esta estela: hacer un buen “western”, un homenaje (eufemismo que cada vez con más frecuencia se utiliza para ocultar la idea de copia) a todo ese espíritu clásico en el que no falta la soledad de los héroes, un desalmado delincuente merecedor de la muerte, y la cobardía de los civiles asediados. Harris intenta emular a Clint Eastwood y utiliza elementos de películas de Zinemann, Howard Hawks y John Ford. Pero el tiro, nunca mejor dicho, le salió por la culata.
En su intento por tratar de modernizar el género, Harris introduce al innecesario personaje de Allison French (Renée Zellweger), que sirve de cebo para contar una historia de amor un tanto incomprensible, que emborrona toda la intención inicial de hacer honor a un género. De pronto, los personajes cambian injustificadamente su carácter: el duro e inflexible Virgil Cole (Ed Harris) se vuelve débil y torpe, y hasta el propio malvado, Randall Bragg (Jeremy Irons), pierde su seriedad. Y todo por culpa de la imprevisible (y poco creíble) Allison.
No es que el tono humorístico sea un tabú del western (de hecho es un recurso bastante usual, sobre todo en John Ford), pero si su aparición hace perder el respeto por la historia es absolutamente prescindible. Por eso, a medida que avanza la película, el espectador (y la historia) comienza a favorecer al socio de Cole, Everett Hitch (Viggo Mortensen), que durante toda la película parece estar a la sombra del primero.
Esta clase de giros son los que provocan que los cimientos inicialmente colocados desaparezcan. Servirse de un género implica atenerse a sus bases, y si éstas no se respetan, más vale que el resultado sea una obra maestra, ya que si no toda la estructura que el espectador había asimilado se derrumba y se convierte en escombros. Dicho error es quizá el mayor de los problemas de lo que hemos denominado “concentración de talentos”. Un buen guionista de oficio lo habría eludido de entrada.
En conclusión; “Appaloosa” es un ejemplo de que Hollywood seguirá haciendo más películas y más baratas. Pero también de que el pozo de las ideas está seco, lo cual ha hecho que hasta las historias de género hayan dejado de hacerse correctamente. Así que más vale que los estudios empiecen a buscar buenos “sheriffs” que acaben con toda esta ola de crímenes cinematográficos.
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