martes, 3 de marzo de 2009

"El intercambio" y la sofística cinematográfica


Tras un año tan trastabillado, en el que las buenas películas han estado condenadas a la escasez, se esperaba que con la proximidad de los Oscar, comenzaran a surgir, como flores en primavera, esas obras destacadas cuyo principal objetivo es hacerse con la estatuilla dorada de la Academia, el mayor de los alicientes para que dicha película tenga éxito en taquilla. Uno de los estrenos más esperados sin duda era la nueva película de Clint Eastwood, un director que se ha ganado el respeto de crítica y público gracias a obras maestras recientes como “Mystic River” o “Million Dollar Baby”. Sin embargo, la humildad se alimenta de oraciones y la soberbia de aplausos. El díptico sobre la batalla de Iwo Jima “Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima” fue un sonado resbalón al que muchos colmaron de alabanzas por aquello de la “espiral del silencio”, debido a la cual nadie se atreve a desacreditar a un maestro consagrado.

Y es que son precisamente la elegancia de Eastwood detrás de la cámara y sus buenas intenciones delante de ella lo que hacen que siga en un pedestal invisible. “El intercambio” es una perfecta muestra de ello. La película trata de denunciar los hechos sucedidos en Los Ángeles durante los años 20, en los que una madre sufrió el intercambio de su hijo por culpa de un error del departamento de policía de L.A. y nadie le hizo caso; hasta el punto de que fue ingresada en un hospital psiquiátrico para ocultar el error policial.


Pues bien, si esta historia real ya de por sí es increíble, Clint Eastwood no hace ningún esfuerzo por darle algún fundamento. Toda la trama se sustenta en una serie de bases históricas que no tienen ningún sentido común. Los personajes, supuestamente humanos, no actúan como tales; por ejemplo: se demoran demasiado a la hora de tomar decisiones que serían las primeras en surgir en momentos de crisis. Los “deus ex machina” brotan por doquier como píldoras que el espectador debe tragarse a la fuerza para seguir creyéndose la historia. Y esto no es jugar limpio. No es limpio basarse en la fama de uno mismo para justificar lo injustificable. Y es que, todo hay que decirlo, “El intercambio” llega a ser, por momentos, una gran tomadura de pelo, en la que da la impresión de que el guionista no revisó a fondo sus pasos y nadie (ni siquiera Eastwood) se tomó la molestia de recordárselo.

Ciertamente vivimos un momento en el cine en el que la imagen se ha vuelto hipnótica, y el escaso esfuerzo por pulir una historia se ve sopesado por un exceso de sentimentalismo que ayuda a tapar los huecos narrativos. Y esto es muy grave, pues el espectador ya no tiene en cuenta la base de los argumentos (o, en el caso del cine, el argumento) de una película, sino en la belleza de sus imágenes, la tensión de las situaciones y todos los elementos externos que la dibujan; en resumen, sólo cuenta la forma y no el fondo del discurso narrativo. Los cienastas se han dado cuenta de su poder y han pasado a convertirse en los modernos sofistas que moldean los pensamientos a través de la hipnosis fílmicas. Clint Eastwood representa, con sus tres últimas películas, a uno de estos modernos “Gorgias” que se erigen sobre la masa embrujándolos con discursos vacíos que llegan a los corazones apelando a la sensibilidad más simple. De este modo, se producen “intercambios” de ideas por otras sin que la obstruida razón pueda percibirlo .

La única solución para este problema demagógico es que en el futuro surjan un puñado de “Sócrates” que denuncien el abuso de estos sofistas y descompongan sus discursos. En conclusión, confiemos en que los años venideros traigan consigo espectadores inteligentes que sepan diferenciar un verdadero discurso de un discurso verdadero.

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