
SINOPSIS: La historia se centra en Sasuke, un muchacho de 5 años, y su relación con una niña pez que ansía convertirse en un ser humana, mientras que su padre, Fujimoto, desea que permanezca con él en el fondo del mar. Libre adaptación de "La sirenita" que obtuvo muy buena acogida de la crítica en el Festival de Venecia 2008.
CRÍTICA: Hayao Miyazaki es una de las mentes más brillantes que pueblan la cinematografía de nuestros días, y no sólo en la animación, donde está considerado casi una deidad, sino también en el todos los aspectos del séptimo arte. Su impecable filmografía habla por sí misma: Porco Rosso, El Castillo en el cielo, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro o El castillo ambulante son auténticas muestras de arte en movimiento que aplican la ideología de la superación en cada una de ellas. Sin embargo, hay algo que no cambia: una técnica de animación tradicional que el autor lleva utilizando y mejorando desde sus primeras obras. Se trata de una técnica tan bien elaborada que apenas se notan diferencias en películas tan distantes entre sí.

La gran pregunta que surge de inmediato es por qué Miyazaki continúa utilizando sus viejas herramientas en lugar de servirse de las más nuevas y sofisticadas. La respuesta, a mi juicio, es sencilla. Miyazaki lleva tanto tiempo utilizando sus viejos pinceles, que ha conseguido una maestría única que le permite hacer absolutamente cualquier cosa que se le pase por la cabeza. Todo lo que quepa en una plantilla puede convertirse en realidad de la mano del genio japonés. Además, su técnica es la única que le permite manejar a su gusto la textura característica de la que gozan los elementos que pueblan sus obras: una blandura mórfica y caprichosa capaz de alcanzar cualquier tamaño y forma en cuestión de segundos, un reto relativamente fácil de realizar para un animador tradicional, pero de gran dificultad para uno virtual. De este modo, el arrojo y la imaginación de Miyazaki serían muy costosas en caso de que sus obras fueran virtuales, ya que no habría lugar para experimentos plásticos ni tampoco improvisación. La animación 3D merma la capacidad creadora de aquellos que tienen pocos medios, por eso las películas de Miyazaki están repletas de escenas en las que la plástica cobra protagonismo por encima de la historia, creando un espectáculo estético e inigualable que es consecuencia de una libertad creadora envidiable.
CRÍTICA: Hayao Miyazaki es una de las mentes más brillantes que pueblan la cinematografía de nuestros días, y no sólo en la animación, donde está considerado casi una deidad, sino también en el todos los aspectos del séptimo arte. Su impecable filmografía habla por sí misma: Porco Rosso, El Castillo en el cielo, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro o El castillo ambulante son auténticas muestras de arte en movimiento que aplican la ideología de la superación en cada una de ellas. Sin embargo, hay algo que no cambia: una técnica de animación tradicional que el autor lleva utilizando y mejorando desde sus primeras obras. Se trata de una técnica tan bien elaborada que apenas se notan diferencias en películas tan distantes entre sí.

La gran pregunta que surge de inmediato es por qué Miyazaki continúa utilizando sus viejas herramientas en lugar de servirse de las más nuevas y sofisticadas. La respuesta, a mi juicio, es sencilla. Miyazaki lleva tanto tiempo utilizando sus viejos pinceles, que ha conseguido una maestría única que le permite hacer absolutamente cualquier cosa que se le pase por la cabeza. Todo lo que quepa en una plantilla puede convertirse en realidad de la mano del genio japonés. Además, su técnica es la única que le permite manejar a su gusto la textura característica de la que gozan los elementos que pueblan sus obras: una blandura mórfica y caprichosa capaz de alcanzar cualquier tamaño y forma en cuestión de segundos, un reto relativamente fácil de realizar para un animador tradicional, pero de gran dificultad para uno virtual. De este modo, el arrojo y la imaginación de Miyazaki serían muy costosas en caso de que sus obras fueran virtuales, ya que no habría lugar para experimentos plásticos ni tampoco improvisación. La animación 3D merma la capacidad creadora de aquellos que tienen pocos medios, por eso las películas de Miyazaki están repletas de escenas en las que la plástica cobra protagonismo por encima de la historia, creando un espectáculo estético e inigualable que es consecuencia de una libertad creadora envidiable.

Otro aspecto destacable del estilo de Miyazaki es su constante reflexión sobre la relación hombre-naturaleza. Su tradición Zen describe una reciprocidad entre estos dos elementos: para alcanzar el equilibrio, el hombre debe estar en contacto con la naturaleza, ya que cualquier abuso puede tener serias consecuencias para ambos; sobre todo para el hombre, ya que la naturaleza puede reponerse. Por ello, Miyazaki nunca deja de abogar por ese equilibrio ecologista en todas sus obras, para lo cual se sirve de los dioses que pueblan la tierra y que sufren las consecuencias de la conducta autodestructiva del hombre. Quizá por eso Miyazaki prefiera que todos sus protagonistas sean niños, ya que todavía poseen esa inocencia que les hace ser más respetuosos con el medio que les rodea.
“Ponyo en el acantilado” recoge todos los rasgos de este estilo e innova sobre ellos para crear un espectáculo visual inigualable, a la vez que una historia que rebosa ternura e inocencia, y que pretende hacernos ver que para encontrar el equilibrio no es necesario un don especial ni grandes riquezas, sino que basta con algo que todo ser humano posee, pues es lo que le caracteriza: la voluntad. La mejor herramienta de una persona para llegar a su propia felicidad es el deseo de serlo y el empeño en conseguirlo. Y todo ello se hace posible, si el ser humano se desprende de sí mismo y busca la armonía entre sus semejantes y el medio en el que viven. Una vez más, en esta obra la protagonista es una niña que se introduce en un mundo que le es ajeno. Miyazaki no parece querer esconder su fascinación por la Alicia de Lewis Carroll, ya que la convierte en un referente cada vez más constante (ya lo hizo con El viaje de Chihiro o El castillo ambulante), aunque esta última obra se trata una renovación de La sirenita de Andersen. Resulta admirable la capacidad de este maestro para introducirse en las mentes infantiles e intuir de qué manera actuarían en caso de encontrarse en las fantásticas y grotescas situaciones en las que coloca a sus personajes.

Sin embargo, a pesar de lo extraño que nos pueda resultar el universo de Miyazaki (ya que está basado en la cultura nipona), el aroma clásico con el que impregna sus historias provoca que dicho mundo posible termine por parecernos más cercano que la realidad misma. No importa que la trama se desarrolle en Europa, en un bosque mágico, en un país imaginario, en el cielo o en el mar, pues en todas ellas encontramos una humanidad con la que nos identificamos plenamente, y de la cual siempre podremos aprender.
TITULO ORIGINAL Gake no Ue no Ponyo (Ponyo on the Cliff by the Sea) JAPÓN. 2008. 100 min. DIRECTOR Hayao Miyazaki GUIÓN Hayao Miyazaki MÚSICA Joe Hisaishi, Naoya Fujimaki PRODUCTORA Studio Ghibli
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