sábado, 30 de mayo de 2009

“Ángeles y demonios” y el relativismo cinematográfico


SINOPSIS: El profesor de simbología religiosa Robert Langdon se ve pronto sumido en la búsqueda de secretos de una antigua secta satánica denominada Illuminati y por la búsqueda del arma más mortífera de la humanidad (antimateria) que estos han puesto en el Vaticano. Con unas pocas horas para evitar el desastre, unos misteriosos ambigramas y con un asesino que siempre lleva la delantera, Langdon y una científica italiana se ponen en una carrera contra el reloj. Adaptación del segundo best-seller más conocido de Dan Brown (autor de “El código Da Vinci”).

CRÍTICA: Siempre se ha dicho que el arte de una determinada época es un reflejo de la misma. Aunque puede que esta afirmación no se cumpla en todos los casos, sí podemos decir que sí lo hace en esta película. “Ángeles y demonios” plantea desde el principio un enfrentamiento entre dos fuerzas que han estado en constante lucha a lo largo de la historia: la ciencia y la fe. Ambas fuerzas tienen un elemento en común: las dos son absolutas. Para la ciencia, todo obedece a unos patrones científicos; para la iglesia, divinos.



Por esta razón, resulta incomprensible el mensaje final de la película: no hay posibilidad de conciliación. Es más, puede que las dos estén equivocadas, o en lo cierto. Este relativismo, engendrado de la corrección política, se ve perfectamente plasmado en el personaje de Tom Hanks. Langdom, a pesar de su inteligencia, no posee ninguna base firme en su pensamiento. Le fascinan los enigmas y la historia de la religión, sin embargo, cuando le preguntan en qué cree, su respuesta no es clara, ya que prefiere seguir oscilando entre un lado y otro. El problema es que esa actitud se la contagia a toda la película: nadie es quien parece ser y nadie es imprescindible, y tampoco hay posibilidad de saber algún día la verdad, ya que puede que no la haya.

Cuesta creer que este guión lleve el sello de grandes guionistas como son Akiva Goldsman y David Koepp, los cuales dejan pasara diálogos muy poco trabajados y reflexiones de escasa profundidad, así como una serie de enigmas que en algunos momentos llegan a resultar ridículos. Además, la película deja de lado el misterio y se centra en una carrera a contrarreloj que termina llevando al aburrimiento más absoluto. Para colmo, el final da un giro tan previsible como paradójico, ya que se convierte en una total negación de todo lo dicho hasta el momento. Ello deja entrever una conclusión que afirma que las verdades absolutas no tienen cabida en el contexto en el que se enmarca este filme.

Poco más se puede decir de una película que, aparte de atacar a los mismos con las mismas armas, no propone absolutamente nada sobre un debate que lleva en la palestra desde hace siglos, ni de un lado ni de otro. “Ángeles y demonios” constituye, por tanto, un fiel reflejo de esta sociedad para la cual todo es relativo, donde no existe ninguna ley que regule los destinos de las personas. Al final, nada importa, todo cambia a placer, no hay normas absolutas. Por tanto, la mejor actitud posible es la de Langdon: cultivar una inteligencia sin un objetivo claro; o también la de Ron Howard: hacer películas que no digan nada sobre aspectos que dan mucho de qué hablar.

TITULO ORIGINAL Angels & Demons. 2009 EEUU 138 min. DIRECTOR Ron Howard GUIÓN Akiva Goldsman, David Koepp (Novela: Dan Brown) MÚSICA Hans Zimmer FOTOGRAFÍA Salvatore Totino REPARTO Tom Hanks, Ayelet Zurer, Ewan McGregor, Stellan Skarsgard.

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